Autora: Elaine Vilar Madruga
Editorial: Lava
Año de edición: 2026
Páginas: 348
ISBN: 9791399081312
La novela nos sitúa en un espacio asfixiante y extraño donde la selva no es solo un escenario, sino una entidad viva que observa, absorbe y transforma todo lo que toca. En ese entorno seguimos a varias mujeres —niñas, madres, cuerpos atravesados por la violencia y la imposición— cuyas historias se entrelazan en una estructura que parece cerrarse sobre sí misma. No hay escapatoria posible: todo vuelve, todo se repite, como si la propia narración estuviera atrapada en un ciclo del que no puede salir.
Lo primero que me atrapó fue esa mezcla tan precisa de dos géneros que me fascinan: el realismo mágico y el terror. Pero aquí lo mágico no suaviza la experiencia, sino que intensifica el horror. Lo extraño no alivia, sino que incomoda más. La selva lo engulle todo: los cuerpos, las decisiones, las posibilidades de futuro.
Carajo, toda la vida me he preguntado por qué se nace, por qué se escoge nacer cuando es tan bueno no existir, no ser nada, no sentir el peso de esta vida de mierda sobre los hombros ni tener que arrastrar el cuerpo selva adentro.
Uno de los aspectos más potentes de la novela es la forma en que aborda el cuerpo femenino desde un lugar completamente desnaturalizado. Aquí la maternidad no es refugio ni plenitud, sino un espacio oscuro, casi insoportable. El embarazo aparece como algo grotesco, invasivo, y maternar se dibuja como una preparación para la muerte. En ese sentido, resuena con fuerza la idea de que “El cielo de la selva se articula a partir de cuerpos y de monstruos o, mejor dicho, de cuerpos monstruosos, de cuerpos de mujeres y de madres en potencia”, como señala Marina Capasso.
Cada personaje femenino encarna un arquetipo distinto de madre, y en esa diversidad se construye un mapa inquietante: la Vieja, como madre entregada; Santa, como madre asqueada; la Perra, como madre no biológica; Romina, como mujer empujada a la maternidad tras una violación. Ninguna de estas formas se presenta como ideal o deseable. Todas están atravesadas por la violencia, por la imposición o por la renuncia.
¿cuál era la diferencia entre criar a los hijos para la selva o de parirlos en el barrio, debajo de un puente, entre el polvo de la calle y el polvo blanco en tus venas? ¿cuál era la diferencia entre darle a comer tus hijos a la selva o dárselos a comer a los cangrejos del mundo? Ninguna.
En este contexto, la monstruosidad no aparece como algo ajeno, sino como una forma de supervivencia. Como apunta también Capasso, “La figura femenina recurre a la monstruosidad como principal estrategia de resistencia”. Y es precisamente ahí donde la novela encuentra una de sus claves más incómodas: en mostrar cómo esos cuerpos, al salirse de lo normativo, encuentran una forma de existir fuera de lo impuesto, aunque sea desde lo abyecto.
Otro de los elementos que me resultó especialmente interesante es el personaje de Efigenia, que introduce una mirada sobre la infancia completamente alejada del adultocentrismo. Aquí la niñez no es un espacio de inocencia idealizada. Al contrario, está atravesada por emociones complejas, incómodas, incluso violentas. La propia autora lo explica en una entrevista en Pikara Magazine: no hay que negar a los niños emociones como el rencor o la rabia, porque también les pertenecen. Y la novela lo demuestra con una crudeza que descoloca.
La estructura circular refuerza esa sensación de encierro. No hay avance lineal ni promesa de salida. Todo parece repetirse, como si las historias estuvieran condenadas a volver una y otra vez al mismo punto. Y en medio de todo, la selva, siempre presente, siempre acechante, como un organismo que no permite la huida.
Al terminar el libro me quedé pensando en lo incómodo que resulta cuestionar algo tan profundamente arraigado como la maternidad, en cómo reaccionamos cuando se desmontan esos relatos que damos por naturales, en qué significa realmente elegir cuando las opciones ya están condicionadas desde el origen. Y sobre todo, en qué ocurre cuando el cuerpo deja de ser un lugar seguro para convertirse en un territorio extraño.
El mundo, carajo, es una tumba abierta.
¿Hasta qué punto estamos dispuestas a mirar de frente esas formas de maternidad que no encajan en el relato que nos han enseñado?

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