Frankenstein o el moderno prometeo

    Llegué a Frankenstein gracias a un empujón cariñoso: una amiga de la facultad, Fátima, me habló de su club de lectura y, sin pensarlo demasiado, me planté allí. Y eso que tiene delito: siendo una lectora voraz, nunca había leído este clásico. Supongo que es de esos libros que das por conocidos, como si el imaginario colectivo ya te hubiese contado suficiente. Error. Salí de allí con la sensación de haber descubierto algo mucho más complejo, más incómodo y, sobre todo, mucho más actual de lo que esperaba. 


    DATOS DEL LIBRO
    Título original: Frankenstein o el moderno prometeo
    Autora: Mary Shelley
    Editorial: Arpa
    Año de edición: Septiembre de 2025
    Páginas: 272
    ISBN: 97913878833176

¡¡Cuidado Spoiler!! Si es que es posible el Spoiler con una novela del XIX jaj

    La novela sigue la historia de Víctor Frankenstein, un joven científico obsesionado con desentrañar los secretos de la vida que logra crear un ser humano de manera artificial. Sin embargo, horrorizado por el resultado, lo abandona a su suerte. La criatura, rechazada por todos debido a su apariencia, emprende un camino marcado por la soledad, el aprendizaje y el dolor, que acabará derivando en una espiral de venganza contra su propio creador.

    Lo primero que me descolocó —y fascinó— fue su estructura narrativa. No estamos ante un relato lineal ni sencillo, sino ante una especie de muñeca rusa literaria. Todo comienza con Robert Walton escribiendo cartas a su hermana, en las que cuenta la historia de Víctor Frankenstein. Pero, dentro de ese relato, Víctor cede la palabra a la criatura, que a su vez narra su propia experiencia en el mundo, incluyendo su convivencia silenciosa con la familia De Lacey. Es un juego de voces que se van encajando unas dentro de otras, y que genera una sensación constante de distancia, de interpretación, de verdad fragmentada.

    Y en medio de todo esto, aparece algo que no esperaba encontrar con tanta claridad: la metaliteratura. La novela está llena de referencias a otras obras que no solo decoran, sino que dialogan directamente con lo que está ocurriendo. Personajes como Henry Clerval leen libros de caballerías como Orlando o Amadís, mientras que la criatura entra en contacto con textos como El paraíso perdido, Vidas paralelas o Las penas del joven Werther. Y es precisamente a través de estas lecturas como construye su identidad, su forma de entender el mundo… y su dolor.

Intenté olvidar pero el conocimiento solo logró aumentar mi sufrimiento [...] ¡Qué cosa más extraña es el conocimiento! Cuando se ha adquirido se aferra a la mente como el liquen a la roca.

    Uno de los ejes más potentes de la novela es, sin duda, la reinterpretación casi simbólica de la Biblia. Víctor Frankenstein actúa como un dios moderno: crea vida de manera artificial, sin intervención femenina, ensamblando un cuerpo pieza a pieza. Pero el verdadero “pecado” no es tanto crear como abandonar. La criatura —que ni siquiera tiene nombre— no nace malvada; se vuelve monstruosa a través del rechazo, de la soledad, de la imposibilidad de ser aceptada. Hay algo profundamente inquietante en esa idea: que el mal no esté en el origen, sino en la experiencia.

Mis maldades son hijas de una soledad forzada que aborrezco y mis virtudes florecerán cuando sea comprendido

    Y claro, aquí es donde la novela se vuelve peligrosamente actual. Porque más allá de su envoltorio gótico, lo que plantea es una pregunta que sigue vigente: ¿qué ocurre cuando la ciencia avanza sin preguntarse por las consecuencias? Víctor no mide, no reflexiona, no se responsabiliza. Crea… y huye. Y ese gesto, tan humano, es el que desencadena toda la tragedia.

¿Es que tenía yo algún derecho, solo por mi propio beneficio, a infligir esta maldición a las generaciones futuras?

    También me sorprendió encontrar lecturas que podríamos considerar feministas o, al menos, profundamente críticas con el contexto de su época. La ausencia de la figura materna no es casual, sino estructural. Las mujeres en la novela suelen ocupar roles pasivos o sacrificados, pero precisamente por eso su ausencia en el acto de creación resulta aún más significativa. Además, hay una crítica velada a la pena de muerte y a los sistemas de justicia que condenan sin comprender.

¡Oh, cómo desprecio todas sus farsas! Cuando una criatura es asesinada, inmediatamente a otra se le arrebata la vida, con una lenta tortura, y luego los verdugos, con las manos aún teñidas de sangre inocente, creen que han llevado a cabo una gran acción. Le llaman castigo justo... ¡Qué espantosas palabras!

    Otro de los temas que atraviesan toda la obra es la importancia de la apariencia frente al interior. La criatura es rechazada desde el primer momento por su aspecto físico, sin que nadie se detenga a escucharla. La sociedad que construye Shelley es profundamente juzgadora, incapaz de ver más allá de lo visible. Y eso, otra vez, resulta incómodamente reconocible.

Aunque deseara vivamente mostrarme a los granjeros, no debía ni si quiera intentarlo hasta que no dominara su lenguaje. Aquel conocimiento permitía que no se fijaran en mis deformidades.

    Y luego está lo gótico, claro. Esa atmósfera constante de búsqueda, de ambición desmedida, de paisajes extremos. Castillos, tormentas, hielo, los polos… La naturaleza no es un simple decorado, sino un reflejo del estado emocional de los personajes. Todo es excesivo, inhóspito, casi irrespirable.

    Al terminar el libro me quedé pensando en lo fácil que es convertir en monstruo a quien no encaja, en lo rápido que juzgamos lo diferente, en cómo el abandono —más que cualquier otro factor— puede moldear una vida entera. Y, sobre todo, en lo inquietante que resulta que una novela escrita hace más de dos siglos siga interpelándonos con tanta claridad.

    Desde luego, ¡Gracias, Fátima! por esta gran lectura a la que me has acercado.

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