Hay libros que llegan en el peor momento posible: justo después de otro libro brillante de la misma autora. Y creo que eso me pasó con Las indignas. Porque después de lo muchísimo que disfruté Cadáver exquisito —una novela salvaje, incómoda y muchísimo más inteligente de lo que aparenta bajo toda su violencia— entré aquí esperando otra distopía igual de afilada. Esperaba encontrarme otra vez esa sensación de “esto es horrible, pero además tiene algo importante que decir”. Y aunque Las indignas comparte muchas de las obsesiones de Agustina Bazterrica, esta vez la sensación final ha sido bastante distinta: muchas ideas potentes… y muy poco desarrollo real.
Autora: Agustina Bazterrica
Editorial: Alfaguara
Año de edición: Junio de 2025
Páginas: 185
ISBN: 9788420477169
La novela nos sitúa en un futuro devastado tras el colapso del planeta. La humanidad sobrevive como puede entre guerras, hambre y enfermedades, y en medio de ese escenario aparece la Casa de la Hermandad Sagrada, una especie de secta religiosa donde viven distintas mujeres organizadas mediante una jerarquía enfermiza: Él, la Hermana Superior, las iluminadas, las elegidas, las indignas y las siervas. La protagonista —que escribe en secreto una especie de diario-testimonio— vive atrapada dentro de este sistema donde los cuerpos femeninos son constantemente castigados, mutilados y utilizados como herramienta de control.
Me pregunto si Dios es el hambre detrás del hambre y si detrás de Dios se agazapa el hambre de otro Dios.
Sobre el papel, sinceramente, la propuesta me parecía increíble. Porque Bazterrica vuelve a tocar temas que ya dominaba muy bien en Cadáver exquisito: la explotación de los cuerpos, la violencia estructural, la deshumanización, el miedo… Incluso vuelve a aparecer esa lectura feminista tan presente en toda su obra. El problema es que aquí casi todo se queda en la superficie.
Y esto me frustró especialmente porque el libro no deja de lanzar ideas interesantes. Hay una crítica clarísima a cómo la religión puede convertirse en una herramienta perfecta para justificar el abuso sobre las mujeres. También hay una reflexión ecológica sobre un planeta destruido por el ser humano. Y aparece incluso el amor como pequeño espacio de resistencia dentro de un entorno completamente violento. Pero ninguna de estas líneas termina de desarrollarse del todo. Todo aparece, pero en casi nada profundiza.
De hecho, mientras leía, no podía evitar pensar constantemente en El cuento de la criada. Y no tanto porque se parezcan exactamente, sino porque ambas parten de una idea similar: sistemas autoritarios que convierten el cuerpo femenino en territorio político y religioso. Pero mientras Margaret Atwood construía un mundo opresivo con reglas claras, tensiones constantes y una sensación real de vigilancia, aquí muchas veces todo depende simplemente de la acumulación de crueldades.
Y claro, llega un momento en el que el horror deja de impactar. Porque el terror no funciona solo mostrando violencia. Necesita contexto, coherencia y consecuencias. Si el sistema que se nos presenta es tan rígido, tan obsesivo y tan brutal, cuesta entender que las protagonistas puedan escaparse constantemente al bosque para verse sin que ocurra prácticamente nada. O que después el rescate de Lucía termine resolviéndose de forma tan rápida y sencilla, cuando antes parecía casi imposible salir de allí. Ahí la novela pierde muchísima tensión porque las reglas del mundo dejan de sentirse sólidas.
Creo que ese ha sido mi principal problema con el libro: funciona más como una colección de símbolos que como una distopía verdaderamente construida. Y eso no tiene por qué ser algo negativo, porque hay lectores a los que precisamente esa ambigüedad les fascina. De hecho, entiendo perfectamente por qué algunas personas conectan mucho con la atmósfera opresiva y casi onírica que construye Bazterrica. La novela tiene algo de pesadilla febril, de cuento cruel, de alegoría religiosa deformada. Pero en mi caso necesitaba un poco más de profundidad para terminar de entrar.
También me acordé muchísimo de Yo que nunca supe de los hombres, de Jacqueline Harpman. Ambas novelas comparten ese aislamiento femenino dentro de un mundo arrasado, pero siento que Harpman conseguía algo mucho más inquietante con muchísimo menos. Allí el misterio realmente pesa, el vacío tiene sentido y la reflexión existencial acaba atravesándote. Aquí, en cambio, muchas escenas parecen diseñadas únicamente para incomodar.
Y ojo, no creo que el problema sea que Las indignas no diga nada nuevo. A estas alturas es dificilísimo escribir una distopía completamente original. El problema es que, cuando trabajas temas tan explorados —religión, misoginia, colapso climático, control del cuerpo femenino— necesitas o bien aportar una mirada distinta o bien ejecutarlo de forma impecable. Y creo que la novela se queda a medio camino entre ambas cosas.
Eso sí, hay algo que Bazterrica sigue haciendo muy bien: escribir desde lo corporal. La suciedad, la sangre, el hambre, el dolor físico… todo resulta desagradablemente tangible. Hay escenas que generan rechazo inmediato y una sensación constante de deterioro. El problema es que, en esta ocasión, esa incomodidad no siempre viene acompañada de una reflexión igual de potente.
Detrás de las nubes vimos luces que aparecían y desaparecían, eran los relámpagos contenidos por el cielo negro. Cuán bella puede ser la catástrofe, pensé.
Al terminar el libro me quedó una sensación rara, casi de oportunidad perdida. Porque la materia prima estaba ahí: sectas religiosas, mujeres sobreviviendo al fin del mundo, fanatismo, deseo, culpa, violencia… pero nunca terminó de transformarse en algo verdaderamente memorable. Y quizá eso es lo más frustrante de todo: se pasa toda la novela prometiendo una profundidad que nunca acaba de llegar.
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