Llegué a Mugre rosa casi por casualidad: estaba buscando nuevas voces femeninas en la ciencia ficción, y apareció en una reseña de un diario como una apuesta valiente y diferente. No sabía bien qué esperar —distopía, adolescencia, desastre medioambiental—, solo sabía que quería salir de mi zona de confort literaria y lo compré.
Fernanda Trías Fotografía de la editorial Tránsito usada en WMagazín
DATOS DEL LIBRO
Título original: Mugre Rosa
Título original: Mugre Rosa
Autora: Fernanda Trías
Editorial: Random Hoyse
Año de edición: 2021
Páginas: 280
¡Cuidado! La reseña puede contener spoilers
Editorial: Random Hoyse
Año de edición: 2021
Páginas: 280
¡Cuidado! La reseña puede contener spoilers
La novela está ambientada en una ciudad portuaria (quizá Montevideo) devastada por una plaga misteriosa, acompañada de contaminación, aire intoxicado, peces muertos y algas letales. La narradora —una mujer joven— se mueve en este escenario desolador con su madre, su ex pareja enferma crónica, y un niño con una condición extraña e insaciable, al que cuida a cambio de dinero.
A medida que los alimentos escasean, lo único “comestible” es una especie de pasta rosada y la ciudad se vacía, la protagonista observa cómo se desmoronan no solo las infraestructuras, sino los vínculos personales, la esperanza, la confianza en un futuro.
Se habló mucho, pero el silencio ya se había apoderado del cielo. Varias veces, después de eso, me parecería ver un gorrión en alguna rama, oír un graznido o un aleteo. Pero no. Los pájaros nos dejaron solos con el viento rojo.
Mugre rosa no es una distopía cualquiera, es un aviso. La contaminación, la peste, el colapso del entorno natural no son escenario fantástico sino espejo —una proyección de nuestro presente roto por la crisis medioambiental.
La novela revela distintos tipos de amor —el de pareja (su ex, enfermo), el filial (madre–hija), la maternidad/cuidados hacia un niño enfermo—, todos tensionados por la catástrofe. Esa descomposición de vínculos retuerce lo íntimo y lo político: la pandemia no solo destruye cuerpos, también revienta afectos.
Una vez mi madre me dijo que Max no me había dado nada, excepto la continuidad de una pérdida. En parte tenía razón, pero la ausencia no era nada, y a veces podía ser mucho. La ausencia era algo lo suficientemente sólido a lo que aferrarse, y hasta era posible construir una vida sobre ese sedimento.
Al principio el ritmo puede sentirse lento, “plano”. Pero esa planitud no es torpeza: es forma de retratar el hastío, la rutina que se repite en un mundo moribundo. Ese lenguaje minimalista —sin adornos— intensifica el malestar, la resignación, lo opresivo. Esa neutralidad estilística funciona como un eco del mundo interior de la protagonista.
Leer Mugre rosa post-pandemia hace que lo ficticio duela. Esa atmósfera de virus, confinamientos, miedo, abandono, ecos del colapso ecológico… resuena hoy de modo casi profético. Y eso le da a la novela una urgencia emocional significativa. Vemos un posible presente —o futuro— que duele reconocer.
No me resulta fácil describir el tiempo del encierro, porque si algo caracterizaba el encierro era esa sensación de no tiempo. Existíamos en una espera que tampoco era la espera de nada en concreto. Esperábamos. Pero lo que esperábamos era que nada pasara, porque cualquier cambio podía significar algo peor.
Pese a todo, Mugre rosa es una declaración dolorosa de resistencia: de aferrarse a los seres queridos, de cuidar lo frágil, de seguir existiendo cuando todo conspira para borrar los nombres, los rostros, las memorias. Trías no busca consolarnos, sino despertarnos. Y lo consigue con esta novela.

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