Título original: Moi qui n'ai pas connu les hommes
Editorial: Alianza editorial (Ed. Bolsillo)
Año de publicación: Junio 2025 esta edición que manejo
Páginas: 194
Dentro me encontré un vacío. Un vacío literal: un sótano, cincuenta mujeres encerradas sin explicaciones, y una narradora que apenas recuerda el mundo anterior. Pero también un vacío emocional, frágil y áspero, que se te mete en los huesos. Harpman escribe desde un desamparo tan limpio que casi da vértigo. Lo primero que pensé fue que pocas novelas consiguen hablar del silencio sin decirlo, de la ausencia sin nombrarla, del miedo sin adornos.
Me sorprendió la calma feroz de la protagonista. Está rodeada de mujeres que apenas hablan, que viven como si la esperanza fuera un artefacto olvidado. Y, sin embargo, ella observa. Observa la rutina, el encierro, el cuerpo que crece sin referencias, el mundo sin hombres, sin ternura, sin historia. Esa mirada es lo que sostiene la novela: una conciencia que se despierta en un paisaje muerto y lo ilumina con una curiosidad casi infantil.
Yo me tengo que limitar a llamar recuerdo al sentimiento de existir en un mismo lugar, con las mismas personas, haciendo las mismas cosas, que eran comer, evacuar y dormir.
A ratos sentía que Harpman estaba escribiendo sobre nuestra propia intemperie emocional contemporánea. Sobre esa sensación —tan común a nuestra generación— de vivir sin un manual, sin certezas, sin la promesa de futuro que supuestamente nos correspondía. Me afectó especialmente cómo la narradora intenta construir sentido con piezas sueltas: un gesto mínimo, un objeto sin utilidad, una palabra nueva. Me recordó a esos días en los que una se sostiene a base de pequeños rituales absurdos —regar una planta que no va a revivir, ordenar cajones que volverán a desordenarse, fingir que la vida sigue un orden que sabemos que no existe.
Solo conozco la llanura pedregosa, el deambular y la lenta pérdida de la esperanza, soy el retoño estéril de una raza de la que no sé nada, ni siquiera si ha desaparecido.
Cuando las mujeres escapan del sótano, el paisaje que encuentran es casi más inquietante que el encierro. Un planeta vacío, silencioso, hostil, que obliga a reaprenderlo todo. Esa parte me hizo pensar en lo que hacemos cuando salimos de nuestras propias cavernas: rupturas, cambios de vida, duelos, despedidas. Salimos a un exterior aparentemente libre, pero seguimos cargando una sombra que no desaparece solo porque hemos cruzado una puerta.
Se volvieron lentas, nunca se apresuraban con ninguna tarea, pues había tan pocas que preferían hacerlas durar. Eso las hacía parecer viejas. Nada era lo bastante importante como para alzar la vista, así que caminaban enconvadas.
Yo que nunca supe de los hombres no es una distopía al uso. Es un lamento y, al mismo tiempo, un canto tímido a la curiosidad y al deseo de comprender. Una novela breve y bastante incómoda de leer. Al cerrarlo, me quedé un buen rato mirando el techo, pensando en cómo sobrevivimos, qué historias contamos para soportarnos, qué mundos inventamos cuando el real se derrumba.
Quizá las personas que están solas no tienen tiempo. El tiempo solo se adquiere mirándolo pasar por los demás.

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