BUAH. La literatura hispanoamericana nunca deja de sorprenderme, y siempre estoy en busca de autoras nuevas que me sacudan. Distancia de rescate, de Samanta Schweblin, ha sido mi primer acercamiento a su obra, y puedo decir que no me dejó indiferente.
Lo que más me impactó de este libro fue su formato narrativo: una especie de diálogo febril entre dos voces, que avanza con urgencia, entrecortado, como si cada palabra fuera un intento desesperado por atrapar lo que se escapa. Esa estructura, lejos de ser un artificio, intensifica la sensación de amenaza constante.
El ambiente rural, aparentemente tranquilo, pronto se transforma en un espacio cargado de metáforas: la contaminación del agua, la brujería, los daños colaterales que sufren las familias agrícolas y de los que casi nadie habla. Schweblin lo convierte en un relato inquietante que desenmascara lo real a través del terror.
Y este es el golpe maestro: lo verdaderamente terrorífico no es lo sobrenatural, sino lo cotidiano. El veneno, el silencio, la complicidad de mirar hacia otro lado. Ese “rescate” del título se vuelve entonces imposible: ¿cómo proteger a los que amamos si el peligro está en lo más básico, en lo que bebemos, en lo que comemos?
MIS TRES MOMENTOS FAVORITOS DE LA NOVELA SON:
1. La obsesión de Amanda con la “distancia de rescate”: esa medida invisible que la separa de su hija y que simboliza tanto el instinto de protección materna como la fragilidad de ese lazo frente a los peligros externos.
2. La muerte del caballo envenenado: un momento brutal que hace visible la contaminación del agua y, con ella, el horror silencioso que atraviesa toda la comunidad agrícola.
3. El desenlace con Nina: cuando se revela que la hija de Amanda también está envenenada, mostrando que ni la vigilancia ni el amor logran detener el daño.
Te llamó monstruo, y me quedé pensando también en eso. Debe ser muy triste ser lo que sea que sos ahora, y que además tu madre te llame monstruo.
Leer Distancia de rescate ha sido un sacudón. Un libro breve que se lee de un tirón, que explota dentro del lector. Y es que la buena literatura no solo cuenta historias, sino que nos obliga a mirar de frente aquello que no hemos sabido ver.
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